¿“A cada cual según su trabajo”? Una pregunta pendiente en la realidad cubana

26 DE MARZO DE 2026
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Marx formuló la idea de “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo” en la Crítica del Programa de Gotha, en 1875; el presente artículo no es una refutación teórica de la idea de Marx, sino criticar la misma a la luz de sus resultados reales en el caso cubano, lo que se ha consolidado en más de seis décadas no es un sistema donde el esfuerzo individual se traduzca en bienestar, sino un orden donde el poder político decide quién accede a privilegios y quién sobrevive con carencias.

Dicho de otro modo: la praxis desmiente la consigna. En Cuba no se ha distribuido la riqueza según el trabajo, sino según la cercanía al aparato de poder. Mientras el discurso oficial habla de igualdad y justicia social, organismos de derechos humanos documentan represión sistemática, detenciones arbitrarias, persecución a críticos y severas restricciones a la libertad de expresión.

Distintos reportes recientes describen una crisis profunda marcada por apagones, inflación, escasez de alimentos, combustible y transporte; además, estudios citados por medios internacionales sitúan la pobreza extrema en Cuba cerca del 89%, una cifra devastadora aunque provenga de fuentes no oficiales debido a la opacidad estadística del Estado.

Y el dato migratorio refuerza todavía más tu argumento: desde 2021 se produjo un éxodo récord de cubanos, con alrededor de medio millón de entradas irregulares a Estados Unidos reportadas por autoridades estadounidenses ya en 2024, mientras Reuters siguió describiendo en 2024 y 2026 una estampida migratoria y un colapso demográfico asociado a la salida masiva de población joven. 

La consigna “a cada cual según su trabajo” queda demolida por la realidad cubana. Tras 67 años de un sistema que se proclama socialista, no se ha construido una sociedad donde el esfuerzo, el mérito o la capacidad determinen el bienestar de las personas, sino un entramado de privilegios reservado para la casta política y militar. 

Al resto del país se le ha impuesto la escasez, la dependencia y el miedo. En nombre de la igualdad, el régimen ha despojado a los ciudadanos de derechos elementales como pensar, expresarse y organizarse libremente; ha convertido la educación en instrumento de adoctrinamiento; ha empujado a gran parte de la población a la pobreza; y ha obligado a millones de cubanos a emigrar. No es la realización de la promesa socialista: es su refutación histórica.

Si el principio es “a cada cual según su trabajo”, entonces la realidad cubana obliga a preguntar por qué el trabajo más calificado no siempre recibe la mejor remuneración. ¿Cómo se explica que un médico, un ingeniero, un profesor o un investigador, después de años de estudio y alta responsabilidad social, gane menos que alguien vinculado al turismo, a remesas, a una actividad privada o a circuitos de divisas? La pregunta no es contra una persona que prospere, sino contra la contradicción del sistema: si el trabajo es el criterio de distribución, entonces el ingreso no debería depender tanto del acceso a sectores dolarizados, a conexiones, a remesas familiares o a espacios económicos con reglas distintas al resto del país.

Si en Cuba se ha repetido durante décadas que no existen grandes desigualdades ni acumulación privada de riqueza, entonces conviene preguntarse de dónde salió el capital inicial de muchas mipymes que hoy importan, comercian, invierten, abren locales, pagan alquileres altos y sostienen operaciones costosas. ¿Procede ese capital del ahorro salarial dentro de Cuba? ¿De remesas? ¿De vínculos en el exterior? ¿De antiguas posiciones privilegiadas? ¿De acceso preferencial a divisas, contactos o estructuras de abastecimiento? Formular esas preguntas no es atacar el emprendimiento privado, sino cuestionar la inconsistencia entre el discurso oficial de igualdad y la realidad visible de nuevas diferencias económicas.

Contraste de la consigna con la experiencia concreta. 

Si el principio era distribuir según el trabajo, entonces la realidad cubana revela una desviación evidente: no siempre vive mejor quien más estudió, quien más aporta o quien mayor responsabilidad social tiene, sino muchas veces quien está más cerca de sectores con acceso a divisas, remesas o mercados diferenciados. En ese contexto, también surge otra pregunta legítima: en un sistema que durante años rechazó la acumulación privada y afirmó que no había espacio para grandes fortunas, ¿cómo se explica la aparición de actores económicos con capacidad de inversión, importación y expansión comercial? 

La cuestión no es condenar el éxito individual, sino examinar si la práctica terminó reemplazando el ideal de justicia por un modelo de desigualdad no reconocida.

Primero, la contradicción salarial: profesional vs turismo, profesional vs sector dolarizado, profesional vs negocio privado.

Segundo, la contradicción del capital: si no había ricos, de dónde sale el dinero para invertir, importar, abrir y crecer.

Tercero, la contradicción moral del discurso: si se habla de igualdad, por qué el acceso real al bienestar depende tanto de divisas, contactos, remesas o posición dentro de ciertas estructuras.

La crítica no va dirigida contra quien emprende o prospera, sino contra un discurso oficial que durante años prometió una lógica de distribución que la propia realidad ha desmentido.

¿“A cada cual según su trabajo”? En el caso Cuba.

Durante décadas se repitió como consigna que en el socialismo cada persona recibiría según su trabajo. La frase pretendía transmitir una idea de justicia: que el esfuerzo, la preparación, la responsabilidad y el aporte de cada cual a la sociedad tendrían una correspondencia material y moral. Sin embargo, cuando esa idea se contrasta con la realidad cubana y el resto de los paises que han aplicado la fórmula socialista, surgen preguntas difíciles de ignorar.

Si de verdad se retribuye a cada cual según su trabajo, ¿cómo se explica que un profesional altamente calificado —un médico, un ingeniero, un maestro, un investigador— perciba ingresos inferiores a los de personas vinculadas a sectores como el turismo, ciertas actividades privadas o espacios donde circulan divisas? No se trata de desmerecer a nadie ni de afirmar que unos deban ganar menos que otros por principio. La cuestión es otra: si el trabajo es la medida de la distribución, entonces cuesta entender por qué la formación, la responsabilidad social y años de estudio no se traducen en una mejor calidad de vida.

La contradicción se vuelve aún más visible cuando se observa que en Cuba muchas veces no vive mejor quien más estudió o quien más aporta en términos sociales, sino quien tiene acceso a circuitos económicos distintos: divisas, remesas, negocios privados o sectores más cercanos a los circulos de poder y al consumo en moneda fuerte. Eso obliga a preguntarse si el trabajo sigue siendo realmente el criterio central de distribución, si ha sido desplazado por otros factores mucho más determinantes, o solamente es un discurso con el que se pretende ocultar el enriquecimiento de la casta que gobierna.

A esa interrogante se suma otra igual de importante: si durante tantos años se sostuvo oficialmente que en Cuba no había ricos, ni grandes desigualdades, ni espacio para la acumulación privada, ¿de dónde salió el capital inicial de determinados negocios que hoy muestran capacidad para importar mercancías, alquilar locales, sostener inventarios, expandirse y operar con una estructura financiera considerable? La pregunta no busca condenar el emprendimiento ni atacar a quienes han prosperado. Busca, más bien, entender una realidad que parece entrar en tensión con el discurso que durante años presentó a la sociedad cubana como esencialmente igualitaria.

Porque si el salario estatal difícilmente alcanza para cubrir necesidades básicas, resulta legítimo preguntarse cómo se acumula capital suficiente para poner en marcha actividades comerciales de cierta envergadura. ¿Proviene ese dinero del ahorro generado dentro de Cuba? ¿De remesas familiares? ¿De vínculos con el exterior? ¿De ventajas acumuladas previamente? ¿De accesos desiguales a recursos, contactos dentro del gobierno o redes de abastecimiento? Son preguntas razonables en cualquier análisis serio de la economía cubana actual.

El punto central no es criticar que alguien tenga éxito, emprenda o mejore su situación. El verdadero punto es que la realidad parece desmentir la promesa original. Si un sistema afirmó durante años que el trabajo sería la base de la justicia social, entonces tendría que poder explicar por qué el bienestar de muchas personas depende hoy menos de su trabajo que de su cercanía a determinados circuitos de oportunidad. Y si ese mismo sistema negó durante décadas la formación de riquezas privadas significativas, también tendría que explicar con transparencia cómo han surgido ciertas capacidades económicas visibles en la nueva estructura social.

Le corresponde a usted ahora analizar y responder esta inquietud.