La dictadura cubana ha hablado. Y cuando habla en momentos como este, no lo hace por transparencia ni por respeto al pueblo, sino por necesidad. Miguel Díaz-Canel confirmó este viernes 13 de marzo que La Habana mantiene conversaciones con Estados Unidos, justo cuando Cuba vive uno de sus peores colapsos energéticos en años, con apagones, escasez, transporte paralizado y una población agotada por décadas de abusos y promesas rotas.
No es casualidad. El régimen no reconoce diálogos cuando se siente fuerte. Los reconoce cuando está contra la pared.
Los “problemas bilaterales de alta gravedad” tienen nombre: crisis, miedo y supervivencia del poder
Díaz-Canel habló de “problemas bilaterales de alta gravedad” sin explicarlos. Pero no hace falta demasiado esfuerzo para entender de qué está hablando realmente el castrismo: combustible que no llega, economía quebrada, protestas latentes, presión social, aislamiento diplomático y un modelo incapaz de sostener siquiera los servicios más básicos. Reuters reportó que el propio gobernante reconoció que hace más de tres meses no entra combustible a la isla, algo devastador para un país ya castigado por apagones prolongados.
Cuando el régimen dice que busca “soluciones”, hay que traducir correctamente: busca oxígeno. Busca tiempo. Busca margen para no desplomarse. Busca sostener la estructura que ha reprimido al pueblo cubano durante generaciones.
¿Cooperación para la paz o maniobra de supervivencia?
La propaganda oficial habla de explorar áreas de cooperación para enfrentar amenazas comunes y garantizar la seguridad y la paz en Cuba, Estados Unidos y América Latina. Suena elegante. Suena diplomático. Suena hasta razonable. Pero la realidad obliga a desconfiar.
No hay señales serias de que La Habana vaya a romper con Rusia o China para acercarse estratégicamente a Washington. Al contrario: este mismo viernes, Bruno Rodríguez sostuvo contactos con Moscú y Pekín para reafirmar vínculos políticos y cooperación bilateral. Eso deja claro que el régimen no está cambiando de bando; está intentando jugar en varios tableros a la vez para salvarse.
Pensar que la dictadura va a desmontar sus alianzas autoritarias por amor a la libertad o por deseo de integración democrática sería ingenuo. Lo más probable es otra cosa: que quiera recibir beneficios, alivio o concesiones sin tocar la esencia del sistema represivo.
- El punto clave: respeto al sistema político… ¿o respeto a la represión?
Aquí está el centro moral del asunto. Díaz-Canel insistió en que cualquier diálogo debe basarse en el respeto a la soberanía, la autodeterminación y los sistemas políticos de ambos países. Traducido al lenguaje del poder, eso significa que el régimen quiere negociar sin que se cuestione el monopolio político, la represión, la ausencia de elecciones libres, la persecución al disidente y la impunidad de los represores.
- Y eso es precisamente lo que para gran parte del exilio histórico resulta inaceptable.
Porque no se puede hablar de “beneficio para el pueblo” mientras se preserve intacto el aparato que lo ha golpeado, vigilado, encarcelado, expulsado y humillado. No se puede vender como avance una negociación que deje en pie a los mismos responsables de la ruina nacional. No se puede llamar paz a la continuidad del miedo.
Las reacciones recientes en el exilio y entre congresistas cubanoamericanos reflejan justamente esa preocupación. Figuras como Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar han rechazado la idea de un arreglo que no implique cambios reales de poder y salida del núcleo castrista.
El exilio histórico no teme al diálogo: teme a la traición por parte del régimen de la Habana
Hay una diferencia enorme entre dialogar para liberar a Cuba y dialogar para reciclar la dictadura.
El exilio histórico no rechaza por reflejo cualquier conversación con Washington. Lo que rechaza es que se repita el libreto de siempre: alivio externo para el régimen, discurso moderado para la prensa internacional y represión intacta dentro de la isla. Ese temor no nace de la paranoia, sino de la experiencia. Demasiadas veces la dictadura ha usado el lenguaje diplomático y las conversaciones con otras administraciones como máscara de continuidad.
Para quienes perdieron familia, patria, bienes, libertad y futuro bajo el castrismo, aceptar una negociación que consolide a los verdugos sería un insulto a la memoria de los presos políticos, de los fusilados, de los reprimidos, de los expulsados, de los desaparecidos en el mar y de todos los cubanos que han tenido que huir de su propio país.
¿Y las “campañas especulativas”?
Díaz-Canel también dijo que el proceso es “muy sensible” y que no responde a “campañas especulativas”. Pero esa frase se derrumba sola.
Buena parte de lo que se ha comentado en las últimas semanas no salió de inventos en redes sociales, sino de declaraciones públicas del presidente de Estados Unidos, de reportes de prensa como Axios sobre contactos discretos impulsados por Marco Rubio, y de pronunciamientos de congresistas de Florida.
Entonces, ¿por qué hablar de especulación? Porque el régimen necesita desacreditar toda narrativa que no controle. Necesita aparecer como conductor sereno del proceso y no como un poder en apuros, obligado a mover fichas por hambre, apagones y miedo a un estallido social.
La verdad de fondo: no buscan cambiar Cuba, buscan salvar el sistema
La pregunta decisiva no es si hay conversaciones. La pregunta es qué están tratando de rescatar los gobernantes cubanos en esas conversaciones.
Si el objetivo fuera es el bienestar del pueblo cubano, sobre la mesa tiene que estar: la libertad de los presos políticos, el cese de la represión, el derecho a organizar partidos, elecciones libres, prensa independiente, justicia para las víctimas y garantías reales de transición democrática.
Pero si lo único que se busca es combustible, estabilidad, negocios y reconocimiento externo a cambio de que todo siga esencialmente igual, entonces no estamos ante una apertura: estamos ante una operación bien calculada por los gobernantes de Cuba para salvar de salvamento para la dictadura.
Y ahí está el peligro.
Porque un régimen arruinado puede ser más peligroso que uno confiado: negocia no para transformarse, sino para sobrevivir.
Opinión NotiCuba
Díaz-Canel no anunció estas conversaciones porque crea en la libertad. Las anunció porque la ruina ya no se puede esconder. Cuba está colapsada, y el castrismo necesita una tabla de salvación.
Pero el pueblo cubano no necesita otra maniobra de supervivencia del poder. Necesita justicia. Necesita verdad. Necesita libertad. Necesita el fin del aparato que lo ha mantenido en la oscuridad, literalmente y políticamente.
Cualquier negociación que deje a los represores en control, que respete el “sistema político” de la opresión y que excluya la justicia para las víctimas no será una salida honorable para el pueblo de Cuba. Será, simplemente, una decepción. otra traición histórica.