Díaz-Canel arremete contra Trump y Rubio, pero el desastre de Cuba tiene un solo autor: la dictadura

18 DE MARZO DE 2026
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El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel volvió a recurrir al mismo libreto de siempre. En una publicación en su cuenta de X, arremetió contra Donald Trump y Marco Rubio, a quienes acusó de amenazar con derrocar el orden constitucional en Cuba, querer apoderarse del país, de sus recursos y de sus propiedades, e incluso de ser responsables de la crisis económica que golpea a la Isla.

Pero más allá del tono agresivo y del discurso político repetido por décadas, lo cierto es que el mensaje del mandatario cubano vuelve a esquivar el punto central: la tragedia de Cuba no nació en Washington, sino en La Habana.

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Foto©Sceenshot.X/Miguel Díaz-Canel Bermúdez

El régimen vuelve a usar a EE.UU. como coartada

Cada vez que la situación interna se deteriora, el oficialismo cubano recurre al mismo argumento: culpar a Estados Unidos de todos los males del país. Así intenta presentar la crisis como resultado exclusivo de factores externos, mientras evita rendir cuentas por sus propios errores, fracasos y decisiones políticas.

Sin embargo, esa narrativa ya no convence a millones de cubanos que viven a diario el colapso del sistema. Porque la escasez, los apagones, la inflación, el desplome de los salarios, la falta de medicamentos, el éxodo masivo y la parálisis productiva no son consecuencias únicamente de sanciones externas, sino del desgaste de un modelo incapaz de generar prosperidad, libertad ni estabilidad.

La crisis cubana es anterior, estructural y provocada desde dentro

Cuba lleva décadas atrapada en una economía controlada, centralizada e ineficiente. El Estado lo monopoliza casi todo, persigue la iniciativa privada cuando crece demasiado, castiga la autonomía económica y mantiene una estructura política que bloquea cualquier reforma real.

El problema no es solo la presión externa. El problema es que el sistema cubano destruyó sus propios motores de desarrollo. Arruinó el campo, volvió improductivas muchas empresas estatales, espantó la inversión con falta de garantías, reprimió al emprendedor, dolarizó parcialmente la economía sin resolver los problemas de fondo y mantuvo privilegios para la élite mientras el pueblo carga con la miseria.

Culpar a Estados Unidos por todo es políticamente útil para el régimen, pero no explica por qué un país con recursos humanos, tierra fértil, ubicación estratégica y una diáspora poderosa sigue hundido en una crisis permanente.

No fue Washington quien impuso la ineficiencia, la censura y el miedo

Estados Unidos no obligó al gobierno cubano a mantener un sistema donde la crítica se castiga, donde la prensa independiente es perseguida y donde la oposición es reprimida. Tampoco fue Washington quien diseñó un aparato burocrático que frena la producción, que impone controles absurdos y que convierte cualquier actividad económica en una carrera de obstáculos.

El poder en Cuba lleva más de seis décadas concentrado en una misma estructura política. Esa cúpula ha tenido tiempo de sobra para demostrar resultados. Y el balance está a la vista: más pobreza, menos libertades, más emigración y más desesperanza.

Cuando Díaz-Canel habla de “orden constitucional”, omite que ese orden no ha servido para garantizar derechos plenos, alternancia política ni prosperidad. Y cuando acusa a otros de querer apropiarse del país, pasa por alto que durante años el propio régimen ha tratado a Cuba como si fuera patrimonio exclusivo del poder.

La mayor asfixia contra el pueblo cubano viene del propio sistema

Es cierto que las sanciones estadounidenses influyen y endurecen el escenario. Negarlo sería simplificar demasiado el problema. Pero una cosa es reconocer ese impacto, y otra muy distinta aceptar la mentira de que esa es la causa única o principal de la debacle nacional.

La mayor asfixia que sufre el cubano de a pie también proviene de adentro: del control estatal, de la corrupción, de la falta de transparencia, de la incapacidad administrativa, de las malas decisiones económicas y de un modelo que ha sobrevivido más por represión y propaganda que por resultados.

El régimen quiere que el pueblo mire hacia fuera para no mirar hacia arriba. Quiere convertir a Washington en el culpable absoluto para esconder que el verdadero desastre tiene firma interna.

Un discurso de defensa nacional para encubrir un gobierno fallido

Díaz-Canel intenta envolver su mensaje en lenguaje de soberanía, resistencia y defensa nacional. Pero ese recurso cada vez convence menos cuando la realidad diaria desmiente el relato oficial. No hay discurso épico que tape los apagones interminables, el hambre, el colapso del transporte, la crisis hospitalaria ni el éxodo de cientos de miles de cubanos.

Cuando un gobierno necesita culpar constantemente a un enemigo externo para justificar todos sus fracasos, lo que en realidad demuestra es su propia incapacidad para gobernar con resultados.

La crisis de Cuba tiene responsables claros

La crisis cubana no puede entenderse sin el contexto internacional, pero tampoco puede explicarse honestamente sin señalar a quienes han controlado el país durante décadas. El principal responsable del derrumbe de Cuba es un modelo agotado, autoritario y fallido, sostenido por la misma élite política que hoy intenta lavarse las manos.

Por eso, cada vez que Díaz-Canel acusa a otros de querer destruir Cuba, muchos cubanos se hacen la misma pregunta: ¿quién ha tenido realmente el poder todo este tiempo, y qué ha hecho con el país?