Un fusil como premio
El 20 de marzo, en el marco del Día Nacional de la Defensa, el régimen entregó a Silvio Rodríguez un fusil de combate AKM y una réplica ceremonial, luego de que el cantautor escribiera públicamente: “Exijo mi AKM, si se lanzan”, en alusión a una eventual agresión de Estados Unidos. La ceremonia fue presentada como reconocimiento a su “patriótica disposición” y contó con la presencia de Miguel Díaz-Canel y altos mandos militares.
Ese gesto no fue menor. En una Cuba hundida en apagones, escasez y desesperación, el régimen decidió convertir un arma en símbolo político. El mensaje fue claro: al que se alinea con la narrativa oficial de la “agresión externa”, se le honra.
¿Y qué recibieron los que salieron a defender a Cuba de verdad?
Porque también hay otra Cuba. La de los que salieron a la calle en Morón no para pedir una invasión extranjera, sino para denunciar el hambre, los apagones, la falta de agua, la escasez de medicinas y el colapso al que el propio régimen ha llevado al país. Tras esas protestas, al menos 14 personas fueron detenidas en Morón, y Cubalex documentó además menores de edad arrestados dentro de la represión posterior.
Entre esos casos aparecen Jonathan Muir Burgos, de 16 años; Kevin Samuel Echeverría, reportado por Cubalex con 15 o 16 años; y Yoasnel Estrada, también identificado como menor de edad, aunque sin edad exacta precisada en ese reporte.
Ahí es donde la comparación golpea con más fuerza moral.
A Silvio, un fusil.
A esos muchachos, la celda.
A sus padres, la angustia.
El “regalo” a las madres y a los padres
El régimen premió al trovador oficial con un arma, pero a otras familias les entregó otra cosa: desesperación.
El caso de Catherine Gutiérrez Sánchez, incluida entre las personas reprimidas tras las protestas, fue reportado además como el de una madre de dos niños. Su “premio” no fue un homenaje, sino la persecución por alzar la voz. Sus hijos no recibieron protección ni futuro: recibieron la separación de su madre por reclamar comida y verdad.
También está el caso del pastor Elier Muir Ávila y su hijo Jonathan Muir Burgos, de 16 años. La represión alcanzó a ambos. Ese contraste resume una tragedia nacional: en Cuba, pedir libertad para el pueblo puede costar la libertad propia.
¿Hacia dónde apunta realmente ese fusil?
Esa es la gran pregunta.
¿Apunta el fusil de Silvio hacia la fantasía repetida de una invasión inminente de Estados Unidos?
¿O apunta, en la práctica, hacia un pueblo desarmado, exhausto, pobre y vigilado, que solo se atreve a pedir libertad, comida, luz y dignidad?
Porque el enemigo que hoy enfrenta el cubano de a pie no desembarca en costas cubanas con bandera extranjera. El enemigo está en la estructura de poder que ha convertido la isla en un país de carencias, represión y exilio. El enemigo es el sistema que premia la obediencia ideológica y castiga el sufrimiento dicho en voz alta.
De qué lado está la justicia
La justicia no puede estar del lado de quien entrega fusiles simbólicos a los leales mientras encarcela adolescentes, hostiga madres y aterroriza familias. La justicia no puede estar del lado de un poder que se siente más amenazado por un cartel, una protesta o una publicación en redes que por su propio fracaso.
Si defender a Cuba significa impedir que la destruyan, entonces hay que decir una verdad incómoda: muchos de los que protestaron en Morón estaban defendiendo a Cuba mucho más que quienes hoy posan con un AKM en actos oficiales.
Unos defendían un relato.
Los otros defendían la vida.
Y ahí, precisamente ahí, está la diferencia entre la propaganda y la verdad.