Una estrategia paciente, no operaciones improvisadas
En el video publicado por la agencia, titulado “Your FBI: Counterintelligence - Cuba: The Neighborhood Spy”, el Buró subraya precisamente esa cercanía geográfica y la capacidad del aparato cubano para frustrar activos estadounidenses.
Lo que muestran los casos oficiales citados por el FBI y el Departamento de Justicia es que no se trataba de maniobras aisladas o improvisadas. En el expediente contra Marta Rita Velázquez, divulgado por el FBI en 2013, se afirma que ayudó al servicio de inteligencia cubano a “spot, assess, and recruit” ciudadanos estadounidenses con puestos sensibles o con potencial de ocuparlos en el futuro. En ese mismo caso, las autoridades sostienen que Velázquez conoció a Ana Montes cuando ambas eran estudiantes en la School of Advanced International Studies (SAIS) en Washington y que facilitó su reclutamiento y posterior entrada a la Defense Intelligence Agency (DIA).
Ese punto es clave porque respalda la idea de una captación temprana en ambientes académicos o profesionales, antes de que la persona tenga acceso a secretos de Estado. En otras palabras, según la acusación oficial, la apuesta del aparato cubano no era solo buscar funcionarios ya posicionados, sino detectar perfiles ideológicamente afines y acompañar su ascenso hasta colocarlos en lugares estratégicos. Esa conclusión es una inferencia razonable a partir del lenguaje del expediente Velázquez y de los casos posteriores.
Ana Belén Montes, el caso que sacudió a la inteligencia estadounidense
El ejemplo más emblemático sigue siendo el de Ana Belén Montes. El FBI la describe como una analista senior de la DIA que espiaba para Cuba desde dentro de la propia comunidad de inteligencia de Estados Unidos. La agencia afirma que Montes filtró información militar clasificada, ayudó a distorsionar la visión del Gobierno estadounidense sobre Cuba y reveló las identidades de cuatro agentes encubiertos estadounidenses que operaban en la Isla. Se declaró culpable en 2002 y fue condenada a 25 años de prisión.
El propio relato del FBI indica que Montes fue captada por su afinidad ideológica con posturas contrarias a la política exterior de Washington en Centroamérica. Después, buscando servir a Cuba, obtuvo empleo en la DIA en 1985 y operó durante años sin despertar sospechas concluyentes. El caso ilustra con crudeza cómo la ideología fue utilizada como puerta de entrada a una penetración de largo aliento dentro del aparato de seguridad estadounidense.
Walter Kendall Myers y una conspiración de casi 30 años
Otro caso citado por el Departamento de Justicia refuerza ese patrón de paciencia y profundidad. En noviembre de 2009, el DOJ informó que Walter Kendall Myers y su esposa Gwendolyn Myers se declararon culpables de una conspiración de espionaje para Cuba que se prolongó durante casi 30 años. Según los documentos oficiales, Kendall Myers fue invitado a Cuba por un funcionario cubano que en realidad era un oficial de inteligencia; luego, ambos esposos fueron reclutados como agentes clandestinos y se le indicó a Myers que buscara una plaza en el Departamento de Estado o en la CIA para ganar acceso a información clasificada.
El DOJ señala que Myers terminó trabajando en áreas sensibles del Departamento de Estado, obtuvo autorizaciones de seguridad Top Secret y llegó a tener acceso diario a información clasificada. Las autoridades también sostienen que transmitió información al servicio cubano por distintos métodos y que la conspiración se mantuvo activa durante décadas. No fue, por tanto, un desliz individual, sino otra demostración de una operación sostenida en el tiempo.
Rocha demuestra que la amenaza no era cosa del pasado
El caso más reciente que volvió a estremecer a Washington fue el de Víctor Manuel Rocha. En abril de 2024, el Departamento de Justicia anunció que el exembajador estadounidense en Bolivia y antiguo funcionario del Consejo de Seguridad Nacional se declaró culpable de actuar durante décadas como agente del Gobierno cubano y recibió una condena de 15 años de prisión. El DOJ afirmó que Rocha admitió haber servido de forma encubierta a Cuba desde 1973, mientras ocupaba diversos cargos de confianza dentro del Gobierno de Estados Unidos.
En esa misma nota oficial, el FBI fue tajante. El jefe del Buró en Miami, Jeffrey B. Veltri, declaró que este caso demuestra que la amenaza de contrainteligencia que enfrenta Estados Unidos es “real, pervasive, and has the potential to cause great harm to our national security”. Rocha trabajó en el Departamento de Estado entre 1981 y 2002, con acceso a información no pública y clasificada, y además ocupó puestos desde los que podía influir en la política exterior estadounidense.
Lo que estas revelaciones dicen sobre el régimen cubano
Vistos en conjunto, estos expedientes dibujan una realidad incómoda para La Habana: mientras el régimen mantiene a los cubanos atrapados entre represión, escasez y falta de libertades, también dedicó recursos durante décadas a perfeccionar una maquinaria de espionaje capaz de infiltrar instituciones democráticas extranjeras. Esa valoración editorial se apoya en los hechos descritos por el FBI y el DOJ, que muestran reclutamiento ideológico, inserción profesional deliberada y años de actividad encubierta antes de cada caída.
El mensaje de fondo es claro: el castrismo no solo exportó propaganda política durante décadas; también construyó una estructura de inteligencia paciente, disciplinada y eficaz, incluso cuando la Isla se hundía internamente. Mientras el pueblo cubano sufría miseria y control, la dictadura priorizaba operaciones clandestinas, manipulación ideológica e influencia en el exterior. Esa es, precisamente, una de las contradicciones más reveladoras de todo este expediente.