Las versiones sobre un posible acuerdo económico entre la administración de Donald Trump y el régimen cubano han encendido una fuerte reacción dentro del exilio, especialmente en Miami. Según reportes publicados este 9 de marzo que citan información de USA Today, la Casa Blanca estaría en la etapa final de preparación de un entendimiento que incluiría alivios en restricciones de viaje para estadounidenses a La Habana, cooperación en sectores como puertos, energía y turismo, e incluso la revisión de algunas sanciones a cambio de ventajas económicas para empresas de Estados Unidos.
Pero el punto que más indignación ha causado no es económico, sino político. De acuerdo con esos reportes, entre los escenarios contemplados estaría una salida negociada para Miguel Díaz-Canel, mientras la familia Castro podría permanecer en la isla. Esa posibilidad ha sido interpretada por muchos cubanos del exilio como una fórmula inaceptable: sacrificar a un administrador visible del sistema, pero dejar intacto el núcleo histórico y represivo que realmente ha controlado el poder durante décadas.
La irritación no surge en el vacío. Reuters reportó el 7 de marzo que Trump afirmó públicamente que Cuba está negociando un acuerdo con él y con el secretario de Estado Marco Rubio. Días antes, la misma agencia había informado que Trump habló incluso de una especie de “friendly takeover” y que ya existían conversaciones de alto nivel, aunque La Habana negara oficialmente negociaciones formales.
Para buena parte del exilio, el problema de fondo es claro: Cuba no se libera cambiando una cara por otra. La percepción dominante entre los sectores más duros del anticastrismo es que Díaz-Canel nunca ha sido el verdadero centro del poder, sino una figura colocada por la propia maquinaria del régimen. Desde esa óptica, una transición que lo saque a él, pero preserve a la familia Castro, a la cúpula militar y al aparato de seguridad del Estado, no sería una ruptura con el castrismo, sino una reconfiguración del mismo sistema para garantizar su supervivencia. Esa lectura también aparece reflejada en análisis y reportes recientes sobre las conversaciones, que señalan a Díaz-Canel como “obstáculo”, pero no necesariamente al entramado superior que lo sostiene.
Esa desconfianza ha coincidido además con un momento en que organizaciones del exilio y la oposición han intentado proyectar una alternativa más frontal. El pasado 2 de marzo, grupos opositores y del exilio presentaron en Miami un llamado “Acuerdo de Liberación” para promover una transición democrática y el restablecimiento del Estado de derecho en Cuba. Ese contexto ayuda a entender por qué la idea de un pacto que deje a la cúpula castrista en pie genera tanta resistencia: para quienes respaldan una ruptura total, cualquier negociación que no desmonte las estructuras del poder comunista se ve como una concesión peligrosa.
También pesa el precedente regional. Muchos exiliados ven con recelo cualquier fórmula de “salida pactada” porque consideran que ese tipo de arreglos ha servido en otros países para cambiar figuras, pero no sistemas. En ese marco, permitir la permanencia de la familia Castro en Cuba mientras Washington obtiene acceso preferente a sectores como puertos, energía o turismo sería leído no como un triunfo democrático, sino como un negocio geopolítico construido por encima de la justicia, la memoria y el reclamo de libertad del pueblo cubano. Los reportes sobre el acuerdo han insistido justamente en esos sectores económicos como parte central de la posible negociación.
La insatisfacción dentro del exilio, por tanto, no responde solo a una reacción emocional, sino a una objeción política de fondo: no aceptan una transición administrada por los mismos que destruyeron el país. Para ese sector, si la familia Castro permanece, si el aparato militar conserva el control y si la represión sigue intacta, entonces no habría cambio real, aunque Díaz-Canel desaparezca de la escena. Lo que habría sería una operación de maquillaje destinada a vender como renovación lo que en realidad sería continuidad. Esa postura encaja con reportes recientes sobre cubanoamericanos y exiliados que se muestran firmes respecto a los compromisos que no están dispuestos a aceptar en una transición en la isla.
En medio de la crisis total que vive Cuba, el debate apenas comienza, pero una cosa parece estar clara: cualquier acuerdo que pretenda presentarse como solución encontrará una fuerte oposición si termina blindando a la élite castrista. En el exilio, cada vez más voces insisten en que la salida no puede ser la retirada de un peón para proteger a los verdaderos dueños del tablero.