El activista y dirigente del exilio cubano Ramón Saúl Sánchez volvió a encender el debate sobre el futuro de Cuba al cuestionar con firmeza las conversaciones que, según denunció, sí estarían ocurriendo entre actores de poder y el régimen de La Habana, pese a los desmentidos públicos. Su planteamiento fue directo: no se está hablando con Cuba, sino con los castristas.
La diferencia, aunque parezca semántica, es profundamente política. Para Sánchez, hablar con Cuba implicaría reconocer la voz del pueblo cubano, sus derechos, su sufrimiento y su aspiración legítima de libertad. En cambio, sentarse con los castristas significa legitimar a la misma cúpula que ha impuesto represión, miedo, vigilancia y miseria durante más de seis décadas.
Su mensaje apunta al centro de una vieja preocupación del exilio: que en nombre del pragmatismo o de la estabilidad se termine fortaleciendo al aparato que ha destruido la nación cubana. La advertencia no es menor. Cada vez que se negocia con estructuras de poder totalitarias sin exigir cambios reales, el riesgo es el mismo: se oxigena al régimen, se prolonga la opresión y se margina una vez más al ciudadano común.
Sánchez también enlazó esa reflexión con el caso venezolano, otro escenario utilizado con frecuencia en el discurso regional sobre transiciones políticas. Su postura fue tajante: Venezuela no es libre, porque mientras los chavistas sigan gobernando, no puede hablarse de una liberación auténtica. Esa idea desmonta cualquier narrativa triunfalista que intente presentar simples reacomodos internos del poder como si fueran una verdadera ruptura con el autoritarismo.
El señalamiento tiene una carga simbólica y estratégica. Para buena parte del anticastrismo, Cuba y Venezuela forman parte de una misma red de supervivencia autoritaria, donde los cambios cosméticos no alteran la esencia del sistema. Desde esa óptica, sustituir nombres sin desmontar el control político, militar e ideológico no equivale a libertad, sino a continuidad con otro rostro.
Las palabras de Ramón Saúl Sánchez reafirman una línea dura, pero coherente con décadas de denuncia: la libertad no puede construirse negociando a espaldas del pueblo ni validando a quienes lo reprimen. En su visión, cualquier conversación que ignore a las víctimas del castrismo y cualquier lectura complaciente de Venezuela solo sirven para disfrazar la permanencia del mismo modelo de dominación.
En un momento en que crecen las especulaciones sobre contactos, maniobras y posibles reajustes políticos en la región, su mensaje busca cortar de raíz la confusión: ni Cuba será libre por sentarse con sus opresores, ni Venezuela puede venderse como liberada mientras el chavismo conserve las riendas del poder. Para quienes han resistido durante años desde el exilio y desde dentro de la isla, la verdadera discusión no es cómo convivir con la dictadura, sino cómo desmontarla.